Restricción externa y política pública

Por: Hernán Torre

Dejando de lado por un momento la cuestión de los fondos buitre en el marco del conflicto jurídico que los enfrenta con nuestro país, y habiendo obtenido el día de ayer dictamen de comisión el Proyecto de Ley de pago soberano, el tema sobre el que haré algunas reflexiones es el de la restricción externa. Este concepto no es nuevo en Argentina, sino que es una constante en el devenir económico: forma parte de una de las etapas del proceso conocido como stop-and-go, el cual consiste en la sucesión de períodos de auge seguidos de períodos de depresión económica a causa de inconsistencias macro particulares del subdesarrollo. No obstante, en esta ocasión, me centraré en una parte de este proceso, en la cual las tensiones macroeconómicas y los problemas de estructura productiva hacen sentir el rigor del carácter desindustrializado de nuestro país a través de la restricción de divisas disponibles.

Para realizar este análisis, voy a usar de guía el desarrollo teórico que un gran intelectual argentino llevó a cabo hace alrededor de 40 años. Si, leyeron bien: 40 años. Es increíble (y académicamente bastante triste) que el país siga encontrando los mismos obstáculos que hallaba hace algún tiempo atrás y no pueda superarlos. Tal como sostiene la frase, pareciera ser que “el hombre es el único animal que tropieza tres veces con la misma piedra”.

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Es conocido el proceso a través del cual la restricción externa opera a modo de limitador del nivel de actividad económica mediante el surgimiento de diversos cuellos de botella: dado que la elasticidad-ingreso de las importaciones es elevada (la mayoría de los productos desarrollados en nuestro país requieren de componentes importados, ya sea materias primas o bienes de capital), para garantizar cierta tasa de crecimiento, es necesario contar – año tras año – con mayor disponibilidad de dólares que permitan fomentar la ampliación productiva. La provisión de las divisas está asegurada al principio del ciclo alcista por el sector primario (fundamentalmente el agropecuario y minero), cuyas ventajas comparativas brindadas por las condiciones naturales le permiten competir internacionalmente con el resto de los países.

Las conclusiones más importantes que extraigo son meras analogías de un texto que Marcelo Diamand escribió a mediados de la década del ’70 para describir la situación de la macroeconomía argentina y las políticas públicas implementadas para sortear la coyuntura durante los períodos de restricción externa. El intelectual argentino encuentra un particular patrón: pareciera existir un péndulo en la elección de políticas económicas por parte de los gobernantes del país, oscilando entre dos extremos (corriente popular y ortodoxia). El texto (que puede leerse a partir de este link) intenta fundamentar que ambas teorías parten de supuestos inconsistentes con la realidad de nuestro país, por lo que la elección de alguna de estas ideologías como marco conceptual para el diseño de políticas públicas llevará al fracaso en los objetivos propuestos.

“[…] el advenimiento de la corriente popular al poder en la Argentina coincidió siempre con una acumulación circunstancial de las reservas en el Banco Central debido a una coyuntura internacional favorable o una recesión previa. […] para poder seguir con ella (la expansión económica) había que actuar enérgicamente a fin de contrarrestar la tndencia de la estructura productiva al desequilibrio externo. En vez de ello, la corriente popular generalmente, mientras podía, ignoraba el problema e, incluso, frecuentemente contribuía a agravarlo. Así, a fin de mantener bajos los precios de los alimentos, solía atrasar el tipo de cambio […] frente al nivel de los costos internos. En consecuencia, la producción agropecuaria se desincentivaba , agravándose así el crónico atraso de las exportaciones agropecuarias frente a la producción industrial […]. Tampoco recibían demasiado apoyo las exportaciones industriales, ya que […] la corriente popular ha tenido una fuerte propensión a creer en una antinomia entre la producción para el mercado interno y dichas exportaciones.”

“Cuando las reservas se agotan, la acción sobre el sector externo tiende a descansar en los controles, cuya misión era asegurar el uso selectivo de divisas. […] Finalmente, en cuanto a la salida de capitales, se trata de restringirla mediante controles de cambio. Estos controles efectivamente contribuyen a frenar la salida de capitales contabilizados oficialmente. Pero la aparición del mercado paralelo crea fuertes incentivos para la sobrefacturación de importaciones y subfacturación de exportaciones, desviando una parte de divisas a dicho circuito paralelo”.

“Más tarde o temprano los controles se agotan, el país queda al borde de una cesación de pagos externos y sobreviene el desabastecimiento. La capacidad productiva tiende a paralizarse debido a la incapacidad del país de pagar los insumos y bienes de capital esenciales importados. La paralización avanza hsta que la producción descienda al nivel del cuello de botella en el sector externo […]”

A medida que vamos leyendo los diferentes fenómenos que llevan al agravamiento de la restricción de divisas, es posible que encontremos algunos puntos en común con el período actual: la prohibición a las exportaciones de diversos productos (por ejemplo: la carne, la leche en polvo, maíz, entre otros). El enfoque es incorrecto, ya que la medida – que puede ser pensada como una manera de abaratar el precio de los alimentos en nuestro país – termina desfavoreciendo a la inversión del sector y, en los años siguientes, se logrará el impacto inverso en la producción. Un ejemplo de esto puede verse en el sector de la carne (bien-salario si los hay en nuestro país); a continuación un gráfico (Melo, Soetto, Demmel) evidencia la tendencia en el stock ganadero del país durante los últimos 60 años:

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A su vez, los controles de cambio generan la aparición del mercado paralelo para la adquisición de divisas: en el caso de la Argentina de 2014, este fenómeno se ve reflejado en la explosión que ha tenido el dólar blue en los últimos años (gráfico obtenido de Diario La Nación). Actualmente, la brecha entre el tipo de cambio oficial y el valor del dólar en el mercado paralelo es del 72%, lo cual fomenta la aceleración de las compras al exteriores en un intento por “stockearse” frente al peligro de un mayor tipo de cambio en el futuro, y la postergación de las exportaciones primarias en busca de una mejor rentabilidad debido a expectativas de devaluación en el futuro no muy lejano.

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¿Qué nos queda por esperar para el futuro inmediato? Ojalá que Diamand no tenga razón, ya que eso significaría peores condiciones macroeconómicas que las que encontramos hoy en el país. La continuidad del déficit fiscal en el tiempo (y su constante agravamiento) no puede ser tomada como una política que apunta en el sentido correcto. Dada la imposibilidad de financiarse en el mercado externo, y siendo la presión tributaria bastante alta en términos del PBI, la única manera de seguir “bancando este proyecto” es exprimiendo al BCRA y a ANSES. Todo tiene su límite: según sostiene Juan Guma en uno de sus artículos de su blog, los pasivos que el BCRA lanza al mercado en su intento de esterilizar el dinero otorgado al Tesoro Nacional para financiar el gasto se ubican en $210 mM, y el 77% vencen de acá a 6 meses. Pareciera que Fabrega tiene una bomba con cuenta regresiva en el balance del BCRA: habrá que ver si sus objetivos se alinean con los de Kicillof, o si, mientras uno intenta apagar el fuego, el otro le tira nafta.

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