2014: El desarrollo económico en Argentina

Por: Hernán Torre

El día de ayer leí una nota muy interesante de Claudio Scaletta publicada el domingo 20 de Julio en el Suplemento Cash de Página 12, del cual suelo extraer algunos de los informes a partir de los cuales escribo en el blog. La misma trata acerca de la restricción externa, y cómo llegamos nuevamente a encontrarnos con este obstáculo para el desarrollo de nuestro país. ¿Es realmente un escollo insalvable contra el cual estamos destinados a chocar, una y otra vez, en los diferentes intentos de industrializar el país? ¿Son correctas las maneras a través de las cuales los gobiernos han intentado sortear esta complicación? Estas parecieran ser las preguntas que guían el desarrollo de la exposición.

dolar

Una de las primeras cuestiones que señala Claudio es la descripción de las vías a través de las cuales se alimenta la restricción de divisas en la economía nacional: importaciones, falta de incentivo a las exportaciones y los “pagos al exterior”. Creo que hubiera sido importante establecer que una parte importante de la demanda de dólares no tiene por contrapartida la obtención de un bien o servicio, sino que es una manera de resguardar poder adquisitivo del sector privado. Empresas e individuos compran activos externos debido a la escasa eficacia que tiene el peso argentino para actuar como instrumento de ahorro.

Este problema fue expuesto por Roberto Frenkel en una charla en la UBA (y luego en este artículo para La Nación), al sostener que una evaluación de la Paridad Descubierta de Tasas de Interés (UIP, en inglés) permitiría entender por qué todos los agentes del mercado demandan activos externos. Con los reparos que describe el autor de la nota, a grandes rasgos es posible sostener que la diferencia de rendimientos esperados de un activo en pesos y uno en dólares es la causa de esta demanda casi inelástica por la preciada divisa.

Otro de los temas tratados tiene que ver con la necesidad de incrementar las exportaciones del país, las cuales presuponen – de una vez por todas – derribar el mito de la dicotomía campo – industria, sin entender que el desarrollo requiere de ambos. Pese al descenso importante en el precio de los commodities durante los últimos meses, una parte importante de las divisas que ingresan a nuestro país lo hace en retribución a la producción de origen agropecuario. El mismo Diamand, al cual muchos citamos al hablar de restricción externa, señalaba que la clave estaba en fomentar el incremento de producción agropecuaria, ya que era la vía principal de acceso a las divisas.

Relacionado con el tema de provisión de divisas en pos de lograr el mejor uso de las mismas, resalto otro concepto de interés relacionado con la falta de planificación a futuro de las autoridades. Las decisiones políticas se han caracterizado por ser tomadas bajo situaciones de extrema urgencia, tomando en consideración sólo el corto plazo. Habrá quienes sostengan que, por ejemplo, reestatizar YPF es una decisión “largoplacista”, y estaré de acuerdo. Sin embargo, la cuestión energética ha sido descuidada por este gobierno (y el de la década anterior también). Recién ahora que los desequilibrios en términos de producción y demanda se transforman en cargas insostenibles en la balanza de pagos, se han tomado cartas en el asunto. No obstante, a YPF también la restringe la escasez de divisas: se requieren alrededor de U$S 9000 M anuales durante los próximos 4 años para lograr el autoabastecimiento energético. Como bien señala Scaletta, esta situación podría haber sido prevista con anterioridad.

Por último, y relacionado con el punto anterior que describía la falta de visión a futuro de las autoridades (¿será difícil pedirle a un político que piense más allá de la próxima elección en 1-2 años?), pasaré a detallar el aspecto más importante – a mi entender – de la nota. El desarrollo no es un proceso lineal ni predecible; sin embargo, se puede estar mucho mejor preparado para propiciarlo si se tiene una estrategia que permita la expansión de las relaciones entre los sectores dinámicos y el resto de la matriz productiva.

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En el caso de Argentina, no estuvo este plan de elección de ramas dinámicas de la producción o, si el sector automotriz y el de ensamblaje en Tierra de Fuego lo representaron, este modelo se eligió incorrectamente dado que el mercado al que apuntan no es el internacional. Con esto no se pretende crear un país que crezca “de espaldas” al mercado interno, pero es necesario fomentar la productividad a través de la competencia con los mercados de mayor tecnología. Sólo en estos casos se fomentará la innovación que permita acercarnos a la frontera tecnológica; de lo contrario, se contará con mercados cautivos en los que la innovación no es negocio, ya que se vendería igual el producto con o sin tecnología de avanzada.

Como bien señala el autor, quedan muchas cuestiones por resolver para lograr el ansiado desarrollo. ¿Puede considerarse esta década como el inicio del camino hacia ese objetivo o, como dijo Astarita en una exposición en la UBA hace un mes, lo que se llevó a cabo durante el gobierno K no es cambio estructural sino una mera ampliación de industrias preexistentes? Dejo abierta la pregunta a debate.

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