¿De vuelta al tipo de cambio fijo?

Por: Hernán Torre

En consonancia con el debate intelectual económico de estos tiempos en Argentina, la primera entrada del blog estará destinada a la discusión de la situación cambiaria del país, cuyo tratamiento se ha instalado masivamente en los medios de comunicación. La cotización del dólar oficial, el blue y el dólar turista llegaron para quedarse en la primera plana de las versiones digitales de los diarios nacionales desde la implementación del “cepo cambiario” en 2011. Gran cantidad de notas y editoriales discuten y recomiendan diferentes recetas acerca de qué hacer para solucionar los profundos problemas de balanza de pagos que amenazan la estabilidad macroeconómica.

La problemática principal en estos momentos se centra en la pérdida gradual, pero continua, de reservas internacionales por parte del BCRA (Ver Gráfico 1). A pesar de las medidas aplicadas a partir de 2011, restringiendo la compra de divisas para atesoramiento y limitando las remesas de utilidades por parte de empresas de capital extranjero, el país sigue sin poder abastecerse regularmente de dólares, permitiendo aliviar la restricción externa. La complicación del signo de la balanza de pagos se ha visto potenciada en los últimos meses (Ver Gráfico 2), siendo las elecciones legislativas un fenómeno que podría haber agravado una tendencia ya perceptible.

Gráfico 1: Evolución del ratio Reservas Internacionales / PBI

Reservas Internacionales / PBI

Fuente: Cálculos propios a partir de BCRA, Anuario del FMI. Cifras a precios corrientes.

Gráfico 2: Evolución de las Reservas Internacionales en BCRA

Evolución de las Reservas Internacionales

Fuente: BCRA

El estudio de la estructura productiva argentina merece una descripción pormenorizada y extensa pero, grosso modo, es posible distinguir  dos sectores claramente diferenciables: el primero con capacidad de competir a precios internacionales, y el otro, que se encuentra lejos de la frontera tecnológica y opera muy por encima de los precios internacionales. Por lo tanto, si el Estado busca fomentar el crecimiento industrial financiándolo  vía excedente agrario, deberá prevenir el hecho de que tanto los bienes de capital como la mayoría de los insumos requeridos deberán ser adquiridos en el exterior por el diferencial tecnológico existente. Este fenómeno, en el mediano plazo, genera conflictos en la política cambiaria, ya que para mantener el crecimiento en la producción se debe poder abastecer de dólares a la industria, en un contexto en el que este sector es deficitario en términos de balanza de pagos (Diamand, 1972).

El engranaje que posibilita la reproducción del proceso productivo depende de manera fundamental de la obtención de divisas por parte del sector económico que está en condiciones de competir en los mercados internacionales. No obstante, a pesar de que – en el caso argentino – el campo siempre  ha sido una fuente inagotable de dólares (Ver Cuadro 3), variaciones en el contexto internacional o en el ánimo de los agentes económicos generan presiones depreciatorias de la moneda nacional debido a la fuga de capitales, con el respectivo impacto en las reservas. La remisión de ganancias al exterior, el atesoramiento y la fuga de capitales atentan contra el objetivo estratégico de financiar la industrialización, por lo que es necesario acudir a controles de capitales o a una maxidevaluación que – vía ajuste en el nivel de actividad – restablezca el orden en la balanza de pagos (Basualdo y Kulfas, 2002).

Cuadro  3: Exportaciones de origen agropecuario (2002 – 2012)

Exportaciones argentina por rubro

Fuente: INDEC

            En un intento por brindar alternativas que permitan corregir las falencias del modelo económico kirchnerista, Adrian Ravier publica una nota de opinión en el Diario Infobae en la que recomienda modificar el esquema cambiario actual. Su perspectiva considera que debería abandonarse el régimen de flotación (sucia) que sostiene actualmente el BCRA y migrar hacia la dolarización o una convertibilidad inmediata. El nivel “de equilibrio” que establece para el dólar (en caso de elegir la segunda opción) sería de 15 pesos, el cual es obtenido al dividir la base monetaria ampliada por el total de las reservas internacionales. Ahora bien: ¿cómo reaccionaría el mercado frente a alguna de estas dos políticas sugeridas? ¿Sería conveniente retomar el régimen de tipo de cambio fijo con convertibilidad? ¿Qué lecciones pueden extraerse de la experiencia argentina en los‘90?

Resulta extraño que el economista Ravier proponga una modificación cambiaria de este tipo con la experiencia de los años ’90 a cuestas, cuyas consecuencias están todavía latentes en el sentir colectivo. Si bien al implementarse el Plan de Convertibilidad en 1991 el país logró incrementar el producto bruto interno durante un puñado de años, si se consideran no sólo las primeras fotos sino la película entera, podrá apreciarse que las repercusiones sociales y económicas para todo el período fueron nefastas. Producto de esta década fueron el avance de la desindustrialización, la pobreza y marginalidad, el desinterés por la educación y el fomento de la desregulación y el achicamiento del rol del Estado, alejándolo de las necesidades de la gente.

Sin embargo, podría sostenerse que lo que no funcionó en Argentina fue la puesta en práctica de la caja de conversión, y no el carácter erróneo de la política en sí misma. El descalabro económico podría deberse – tal como está fundamentado en el texto – a que Menem no avanzó con la dolarización en su momento o a que De la Rúa desistió de hacer el ajuste presupuestario pertinente. Los supuestos beneficios que ofrecería este tipo de medidas están basados en la previsibilidad que otorgaría tanto la dolarización como la convertibilidad a los inversores extranjeros, posibilitando la llegada de capitales a sectores productivos (Berg y Borenztein, 2000).

Por otra parte, en caso de dolarizar, la política monetaria local estaría atada a lo que decida la FED, por lo que los gobernantes no podrían monetizar déficits fiscales mediante emisión en el país. Este aspecto sería muy festejando por los economistas liberales, ya que – como indica Ravier – consideran que “Argentina no es capaz de gestionar su propio dinero, aspecto que queda claro al estudiar nuestra historia”.  A su vez, continuando el razonamiento a través de la teoría cuantitativa – que parece pregonar Ravier –, se puede derivar otra de las ventajas atribuidas a este tipo de medidas: la reducción de la inflación. Al no permitir la puesta en marcha de políticas monetarias, la base monetaria sólo reaccionaría frente a variaciones en la balanza de pagos, por lo que no habría aumento de circulante sin sustento en el BCRA. Tanto la expectativa de baja inflación, como la estabilidad cambiaria y monetaria, brindarían el marco propicio para que los capitales extranjeros ingresaran a aprovechar las oportunidades de rentabilidad vigentes en nuestro país.

Hasta acá, repasamos la teoría neoliberal de punta a punta: pero desgraciadamente, no todo es color de rosas y los capitales no son ese elemento productivo que entran en la economía a generar encadenamientos positivos sobre el resto de la economía. La teoría del derrame, lamentamos informarle a los que todavía creen en la doctrina neoliberal, no se cumple.

La primera desventaja que procede de la aplicación de cualquiera de estas dos medidas es la pérdida de la autonomía monetaria: el BCRA se convierte en un agente reactivo, ya que debe permanecer como mero observador de las transacciones llevadas adelante por el mercado. No habrá políticas expansivas para proveer fondos al sector privado, ya que en caso de existir intentos de inyección de liquidez en el sistema, la respuesta será una baja en la tasa de interés y la consecuente fuga de capitales vía venta de bonos locales, lo cual obligará a reducir la base monetaria (Ver Gráfico 4).

Gráfico 4: Impacto de una política monetaria expansiva bajo régimen de caja de conversión

Política Monetaria Expansiva bajo TC Fijo

Fuente: Bajo y Mones (2000)

En caso de dolarizar, la autoridad encargada de llevar adelante la política monetaria será la FED, la cual tendrá en cuenta sólo los intereses estadounidenses a la hora de definir modificaciones en su accionar. Por lo tanto, esto representa también pérdida de soberanía y potestad a la hora de seleccionar el tipo de cambio acorde a la estructura productiva nacional. Así como sucedió en los ’90, el tipo de cambio estará sobrevaluado, por lo que pocas actividades económicas serán competitivas a escala global. El mantenimiento del régimen cambiario dependerá de la entrada de capitales a través del endeudamiento o la liquidación de activos estatales: cualquier similitud con la década menemista es mera coincidencia.

Al requerir los aportes de los capitales extranjeros en pos de mantener el ritmo de crecimiento, se vislumbra una nueva desventaja (ya comprobada por los argentinos) de los regímenes cambiarios evaluados. Este esquema presenta una altísima fragilidad externa, ya que cambios en la coyuntura o en algún otro país, puede generar psicosis y dudas respecto de la real estabilidad de la economía local, lo cual produciría corridas bancarias y fuga de capitales.

Por lo tanto, si el objetivo que pretende alcanzar Ravier al proponer la dolarización o la convertibilidad a 15 pesos es la estabilidad macroeconómica, será importante que antes haga una evaluación de todas las desventajas que enumeramos en esta crítica. No obstante, es cierto que algo debe hacerse, ya que el ritmo al cual caen las reservas internacionales del BCRA es insostenible hasta en el mediano plazo: en el pasado mes de Noviembre, las mismas cayeron alrededor de 10% – desde 33 mil a un poco más que 30 mil -.

Si bien se tomaron diferentes medidas para desincentivar el acceso al mercado informal del dólar, deberían centrarse los esfuerzos en implementar un plan que intente desactivar las falencias del modelo: déficit fiscal creciente, inflación anual de más del 25% y reducción preocupante de las reservas internacionales. El INDEC debería ser el puntapié inicial para intentar recuperar la confianza perdida y lograr una adecuación de las expectativas inflacionarias a la baja, con el fin de  reducir la incertidumbre con la que los agentes económicos deben lidiar hoy en día. Luego, será cuestión de esperar para analizar si los recientes cambios fueron hechos para no realizar modificaciones de fondo, o si – para bien de los argentinos – el equipo económico podrá reducir las señales de sobrecalentamiento y guiar al país a la senda del crecimiento y la estabilidad macro.

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